Cena Pribada En La Playa,maldivas Cena pribada en la playa a la luz de la luna y unas cuantas velas,una de las mejor experiencia de ... Autor: mario mateos nicolas
Entre la oficina y ese diminuto paraíso formado por 1.200 islas pero que a duras penas se encuentra en el mapa apenas median diez horas. Lo normal es que el camino que llega hasta allí comience en un vuelo con escala en Bahrein (Arabia Saudí); por cierto, las tiendas de él están muy solicitadas. No hace falta salir de ese aeropuerto para percatarse de que Asia está cerca.
Las reglas del viaje al paraíso son particulares. Empiezan a aplicarse en el aeropuerto de Malé, la capital del país. Aquí la policía inspecciona las maletas a conciencia y se incauta de cualquier imagen religiosa o petaca llena de alcohol por pequeña que sea. El despistado por tanto ya comienza a convencerse de que entra en un país musulmán, aunque la foto de la propaganda oficial no dejara entreverlo. De todos modos, los extranjeros pueden sentirse cómodos porque en los hoteles se sirven todo tipo de bebidas.
El viaje no ha terminado, continúa en barco, el medio de locomoción que se utilizará en los siguientes días. Terminado el trajín de las maletas que llegan del avión, los patrones de los dhonis, como se llama aquí a estos barcos, conducen a sus pasajeros a las islas – hoteles de destino. Éstas pueden estar a media hora o a unas horas de navegación según el atolón elegido de vacaciones.
Otro mundo a 10 horas de avión
Es el universo perfecto tanto para vagos federados como para aficionados a los deportes acuáticos. El increíble paisaje, el clima y la amabilidad de sus habitantes ponen la guinda final en este lugar ideal para fugarte. El espectáculo comienza en las Alturas
En el momento del aterrizaje, aparece una de las mejores visiones que se disfrutan en todo el viaje. Ante los ojos del pasajero surge un reguero de círculos de coral rodeados por un aro turquesa y blanco salpicando todo el océano en una superficie que se pierde en la lejanía. Marco Polo en su época no tuvo la ocasión de ver este espectáculo desde las alturas pero algo de esa belleza debió intuir cuando en sus escritos las describió como la flor de las Indias.
Durante siglos han permanecido en el mismo estado en que las vio aquel viajero legendario hasta que, hace cuarenta años, unos maldivos emprendedores decidieron convertir estos islotes de apenas 1 km de contorno en el paraíso a medida de los occidentales que buscan un refugio a miles de kilómetros. Unos islotes de los que no se sale fácilmente –sólo en barco o hidroavión– por lo que ofertan jornadas muy completas.
Una vez que tu barco ha atravesado ese aro blanco y azul que rodea tu isla particular durante los siguientes días, entras de lleno en un lugar idílico, repleto de flores y palmerales famosos por sus trasluces. Ya estás lejos de todo. Empiezas a percatarte de que el mar y toda la naturaleza son los protagonistas de este viaje que transcurre entre los 23 y los 33 grados.