PASAPORTE
Para entrar: Pasaporte y visado.
Idioma: Tamil.
Moneda: Rupia. 1 INR = 0,01 €
Diferencia horaria: 3 h y 30 minutos.
Sanidad: Pofilaxis para la malaria y vacunas de tifus y hepatitis.
Clima: De noviembre a marzo es la mejor época para viajar.
Para llamar: 00 91 + 0 + código de área + nº.
Electricidad: 230-240 V.
Embajada de India: 902 90 10 10. www.embajadaindia.com
Todo en la vida es o puede ser sagrado. Bhakti llaman a este pensamiento, o entendimiento de la vida de los indios, cuya funcionalidad real consiste en amar a todas las cosas divinas pero con moderación, simpatía y resignación. Los hindúes adoran a millones de dioses; pero esta adoración se puede extractar en un triángulo: en el vértice superior se sitúa Brahma, el creador, y abajo, Vishnu, el preservador y Siva, el destructor y reproductor. Sus consortes son Sarasvati, Laxmi y Parvati, respectivamente. Y todos poseen un vehículo: Brahma es el cisne, Garuda (mitad hombre, mitad pájaro) transporta a Vishnu, la rata sobre la que se mueve el dios de la prosperidad y la sabiduría, y Ganesh, tiene cabeza de elefante.
Para albergar a tanta población divina y adoradora de lo divino es necesario disponer de un alto número de lugares de culto, así pues, se justifica la cantidad de templos que hay en India. Kapaleeshawarar es uno de ellos; está ubicado en la populosa capital del estado, Chennai, la antigua Madrás. La enorme torre que sirve de puerta principal al templo se encuentra decorada con miles de estatuas de colores, a cada lado del acceso se ubican los kioscos de ofrendas en los que adquirir flores, alimentos, incienso y guirnaldas para agasajar a la divinidad. En los alrededores, pedigüeños, enfermos y parias sin rumbo intentan sacar provecho de la conciencia de los visitantes y de los feligreses.
Partiendo de Chennai hacia el sur, la ciudad de Kanchipuram. Esta está dedicada casi por completo a Siva y a Vishnu, y aunque en sus buenos tiempos contaba con mil templos, hoy sólo restan en pie unos ciento veinticinco. En Kanchipuram, como acostumbra a ocurrir en las pequeñas ciudades tamiles, hay dos o tres calles tremendamente concurridas en el centro, atestadas de rickshaws, motocicletas, carros, vacas, vendedores, ciclistas y viandantes, y el resto, que suele ser más tranquilo, con mujeres lavando a mano, niños jugando o campesinos secando arroz. Son, sin duda, los templos los que implantan esa atmósfera de misticismo en Tamil Nadu; un buen ejemplo podría ser el de Devarajaswani, dedicado a Vishnu. Al cruzar su umbral, el aventurado no-hinduista recibe al instante una paz interior: grupos de peregrinos vestidos de negro, pedigüeños y brahmanes se cruzan ante él como si fueran personajes de ficción, se oyen campanas tañer y en el tanque de agua los devotos de Vishnu realizan su ritual sagrado y purificador. Las estatuas de deidades parecen estar vivas por el brillo que produce la mantequilla y las bolitas de arroz de colores ofrendadas que las cubren. Una zona queda siempre al margen de la visita: el centro del templo, donde está la imagen sagrada.
Un buen enclave donde tocar agua ya en la Bahía de Bengala, podría ser Mamallapuram, o Mahabalipuram en lengua tamil. La pesca aquí acapara mucha de la actividad de la costa, y su exportación al interior supone una buena entrada de ingresos para la economía de subsistencia del estado, basada principalmente en el cultivo de arroz y especias. Una excepción: aquí una buena cantidad de familias basa sus ingresos en la talla en piedra de deidades y representaciones mitológicas diversas; muestra de que el negocio marcha es el repicar de los martillos, que no abandona las calles de la ciudad desde el amanecer hasta el anochecer. Al otro lado, los pescadores tejen y reparan sus redes en la orilla del mar. A diario hunden sus cuerpos en un agua cálida, para después vender su captura (reservan una pequeña parte de peor calidad para su consumo) nada más llegar a la playa. No ocurre lo mismo con los campesinos. Por todo Tamil Nadú, hombres y mujeres clavan sus manos en el fango de los arrozales que tiñen de verde el paisaje hasta la saciedad, su cosecha se destinará en parte al consumo propio y la calidad de los granos será la misma que la que apartan para el comercio.