En la calle principal de Santanyí, peatonal, se despliegan las terrazas de cafés y restaurantes
Pasado Manacor, dirígete por la C-714 a Felanitx. Es el pueblo natal del pintor Miquel Barceló y aunque no encontrarás rastro del artista en la localidad, puedes visitar la imponente iglesia de San Miguel. Desde aquí te invitamos a que retomes el camino de la costa hasta llegar a cala sa Nau. Las indicaciones son algo confusas, pero llegarás. Es, quizá, esa cala en la que todos pensamos cuando soñamos con retirarnos del mundanal ruido. Pequeña, con sus acantilados, solitaria (al menos, fuera de temporada), rodeada de vegetación y de un agua azul turquesa que enloquece. Nada que ver con las vecinas cala Ferrara o cala D’Or, donde tanto edificio no deja ni oler el mar. Y guarda el secreto; no sea que se acabe el hechizo...
Antes de tocar la punta sur de la isla, detente en Santanyí, a 5 km de la costa. Pocos forasteros verás por aquí, salvo los que, buscando un lugar sosegado y más asequible, la han convertido en su segunda residencia. Entra en la galería de Mateo Barceló, un tipo singular, viajero incansable, que vive a caballo entre Mallorca y Marrakech. El resultado de tanto trajín son metros y metros cuadrados repletos de muebles y objetos de medio mundo. El patio de la galería es un museo en sí: entre los naranjos descubrirás mesas de teselas, fuentes de piedra, maceteros de terracota, etc. Eso sí, los precios están algo subiditos de tono.
En la calle principal de Santanyí, peatonal, se despliegan las terrazas de cafés y restaurantes. Como la de Sa Cova, con mesas en torno a un olivo centenario. Dentro hay instrumentos musicales a disposición de los clientes que quieran –y sepan– tocarlos. En la carta: ensaladas, embutidos, tartas, vinos selectos y cócteles.
En tu ruta hacia el sur te aconsejamos que, en algún momento, abandones la costa de nuevo y te decidas por el interior. Por ejemplo, a la altura de Son Servera, un pueblo pequeño y tranquilo pero cuya plaza principal resulta muy animada en las noches de verano. Por cierto, su iglesia fue obra de Rubió, el eterno discípulo de Gaudí, que la dejó sin terminar.
Textos: Sonsoles González Foto: José Barea Publicado en Junio de 2006