En Ulcinj el fuerte viento trae el olor del salitre hasta unas rocas blancas, pulidas por siglos de historia. Detrás, hay banderas que ondean: medias lunas, leones de San Marcos, águilas, y hoces y martillos de la más reciente memoria eslava. Este es el itinerario que vemos en el mapa: hay 293 km de costa, con 73 de playas. Esto es el Monte Negro. La piedra erosionada por el viento de las pequeñas ciudades es, sin embargo, blanca, emparentada con la dominación veneciana. Muchos se han hecho ricos y tienen poder gracias al comercio de la antigua República de Venecia. Aquí ha ondeado la bandera de San Marcos desde 1420 hasta 1797. Pero los turcos, que no se lo han querido poner fácil a Venecia, han dejado mezquitas y minaretes hasta los límites con Albania.
En Ulcinj, al atardecer, resuena el canto del muecín mientras los bañistas están todavía extendidos bajo los bastiones de la ciudad para disfrutar de los últimos rayos del sol. En esta costa se han mezclado muchas religiones. Los católicos han convivido con los ortodoxos. Primero vinieron los paganos, después los romanos, más tarde los bizantinos. Y los eslavos. El resultado es una mezcla de culturas que les ha enseñado a ser mucho más tolerantes. Cada uno ha pensado en sí mismo durante siglos hasta que un rey, Danilo Petrovic-Njegos, en 1697, ha juntado un reino de pocas almas con muchos bosques, muchas cabras pero ninguna carretera. De cara a europa
Hoy, los montenegrinos miran hacia Belgrado, capital de Serbia. El nuevo estado ha querido romper con el pasado y traspasar todas las fronteras. Para empezar, ha adoptado el euro en lugar del dinar yugoslavo. Una clara elección a favor del resto del continente.
Para valorar el patrimonio natural, ha insertado en el primer artículo de la constitución republicana la tutela de la biodiversidad ambiental. Es la primera vez que una nación pone entre sus principios constitutivos el respeto a la naturaleza. Escribe el director Emir Kusturica (de padre montenegrino): “No hay país en el mundo similar a este, en Montenegro se mezcla lo minúsculo y lo grandioso”.
Y es así. Las Bocas de Cátaro (Boka Kotorska) son un inmenso fiordo que transcurre entre montes y picos. Algo espectacular. Pero de repente, nuestra atención se fija en algo. En los cipreses impulsados hacia el cielo, en los olivos centenarios, en el aroma del hinojo, del tomillo y del resto de plantas selváticas que se pisan mientras se pasea por los senderos y que rodean la gran fractura de la costa adriática.
En lo más alto se elevan las cimas del Lovcen con el monte Orjen, que alcanza los 1.895 m. Se adentra a lo largo de 28 km por el interior. Desde 1979 toda esta zona ha sido incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad. Por callejuelas empedradas
Kotor, la pequeña ciudad al fondo del fiordo, está encerrada entre los muros. Marineros, comerciantes y soldados han hecho que esta diera un gran vuelco a lo largo de los años. Pero la piedra, también aquí cándida, la ennoblece. Calles y plazuelas se mezclan hacia el monte como en una extraña Venecia pensada cuesta arriba.
Cuando se entra por la majestuosa Puerta del Mar, se puede notar el paso de los siglos en el empedrado. Tan lúcido que hace daño a la vista, golpeado por los rayos del sol mediterráneo. Portales embutidos, ventanas con dos arcos, adornos y blasones de nobles linajes. Sólo falta la plaza de San Marcos. Pero en pequeño, está todo, como si esta fuera de verdad una gran ciudad. Con la catedral de San Trifón, joya del románico y, encima, viendo inesperadamente a los curas ortodoxos que con sus vestidos negros parecen sombras sin cara.
No es fácil entender que el cristianismo haya podido repartir, después de intrincadas luchas, sus iglesias a lo largo de esta costa. La Señora de la Roca (Gospa od Sklpjela), en una pequeña isla frente al pintoresco pueblo de Perast, es católica. Su ubicación es como de cuento, justo en el centro del fiordo, aislada. El evangelio es siempre el mismo, pero cada uno reza en su propia iglesia y las ortodoxas son más nacionalistas, más pegadas al sentir del pueblo.
Cuando el viajero sale del fiordo de Kotor, se encuentra ante el mar abierto. Pero no os imaginéis una costa inmaculada. Aquí, Montenegro se presenta plagado de hoteles y playas llenas de gente, no hay nada salvaje. Yugoslavia ya había pensado construir en esa zona. Y no sólo aquí. Algunos trozos de litoral que el comunismo de Tito había mantenido intactos, hoy son propiedad de grandes lobbys de la construcción. Es dinero montenegrino, pero sobre todo ruso.
Esta es una batalla sin miramientos entre los que quieren preservar la zona y los que ven en el turismo grandes posibilidades de de-sarrollo inmediato para el pequeño estado. Aquí hay muchos puestos de trabajo en juego, además del nuevo lanzamiento de la economía, aquella economía que tuvo que soportar un duro golpe y una fuerte recesión durante los oscuros años de la guerra.
Textos: Daniela Passeri Foto: Antonietta Corvetti Publicado en Abril de 2009