Ahí va Velázquez, caminando por la Quinta Avenida, con ropas de Flandes, corceles y sables. Y no llama la atención. Picasso pinta, de contrabando, fragmentos de rostros, senos y aves en las fachadas del Empire State, mientras Dalí viste a la estatua de la Libertad de madonna de Port Lligat, y sigue sin entender a Goya que se empeña en meterse en las zonas más oscuras del Bronx y codearse con grafiteros. Y van El Greco, y Zurbarán, y Murillo por Central Park y el puente de Brooklyn se viste de colores inventados por Miró. No es un sueño. Esto ocurre desde noviembre, cuando el Museo Guggenheim de Nueva York inauguró la muestra De El Greco a Picasso: tiempo, historia y verdad.
Toda la cultura que acumula esta ciudad no es más que un reflejo de sus raíces, que tiene un lugar en su interior para todos los tiempos y todos los mundos posibles. Y es que aquí, en Nueva York, nació la globalización. En concreto, en un punto cardinal de la isla de Manhattan conocido como Lower East Side. Este barrio ha sido relegado al ostracismo debido al empuje de sus vecinos: Soho, Chinatown y Little Italy. Y, sin embargo, es un sitio que aún no está viciado de arquetipos y logra sorprender. Es el Loisaida, según la pronunciación que los portorriqueños dan al Lower East Side.
El mestizaje nació aquí, cuando los polacos se mezclaron con los italianos, los rusos con los irlandeses y los chinos con los portorriqueños. Fragmentado y cubista, aquí Picasso encontraría su paisaje ideal. Hoy, el Lower East Side, tiene tiendas deli donde comer el mejor cheesecake de la ciudad y donde la actriz Meg Ryan fingía un orgasmo (Cuando Harry encontró a Sally) en Katz´s Delicatessen. Visita el Lower East Side Tenement Museum, realista y claustrofóbico, donde se recrean las condiciones de vida de los primeros inmigrantes.
El barrio ignora la riqueza de Wall Street, desdeña la nobleza del Rockefeller Center, y se concentra en fachadas coloridas, tiendas divertidas y un respeto por lo genuino que no es propio de las escenografías de cartón de las grandes ciudades. No es extraño que en este ambiente viviese León Trotsky. Fue en 1917 y, para los que sufren de curiosidad anárquica, su domicilio estaba en St. Market´s Place. También hicieron suyo el barrio otras figuras siniestras (más por su raíz de izquierdas que por su color), como Emma Goldman y Alexander Berkman, fundadores de la revista Madre Tierra.
Dos son las calles, venas y arterias, que nutren esta zona: Ludlow y Orchard. En la primera de ellas y, sólo como muestra, puedes visitar a JJ Turk, un diseñador algo tímido, pero todo talento que viste su tienda con ideas propias (159 Ludlow St). Mientras que en Orchard será inevitable visitar a Evan y Angel (que habla algo de español) para que te guíen a través de una propuesta de ropa de los años 60 y 80. Puro vintage para espíritus nostálgicos en 148 Orchard St.
Muy cerca de East Side, cruzando Broadway, llegarás a Little Italy, plagado de trattorías y banderas tricolor.
Y algo más allá de Little Italy, llegarás a Chinatown, lleno de tiendas tipo “todo a cien” y de electrónica barata. Inevitable mencionarlo, necesario de visitar, pero fácil de olvidar, excepto por algún restaurante chino oculto en un callejón, donde no se habla inglés y que no figura en las guías. Ambos territorios forman, con el Soho (imprescindible su mercado de los sábados por la mañana), la trilogía de lo ya visto, de lo que ha sido descubierto. Al contrario de lo que sucede con dos barrios donde aún es posible sentirse explorador: Grenwich Village (en adelante, el Village, a secas) y el Meatpacking District.